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“Castilleja”

Finalista de Booksellers Best Award

Dave Currick era todo lo que Matty Brennan había querido durante tanto tiempo como podía recordar. Hasta que rompió su corazón hace seis años atrás. Ahora ella ha regresado a Wyoming para siempre, y lo que quiere más que nada es salvar el rancho de su familia. Incluso si eso significa tragarse el orgullo y pedirle a Dave que se case con ella.

Matty está tramando algo – Dave sabe eso. Al igual que sabe que Matty necesita ayuda, por lo que por supuesto que él se la dará, como lo ha hecho toda la vida de ella. Hacer lo que es mejor para Matty es una reacción instintiva. Incluso cuando se trata de casarse con ella solamente de nombre. Aunque no puede resistir un beso ardiente después de decir “Acepto”. Un beso tan fogoso como la castilleja de color rojo fuego que siempre le hace recordar a Matty.

Quizá… solo quizá… su Matty se convertirá para él en más que Casi una novia

Excerpt:

CAPÍTULO UNO

El plan de Matty Brennan de salvar el Rancho Flying W empezó a formarse incluso antes de que saliera precipitadamente de la oficina de su abogada.

Dicho plan tomó auge el instante en que su nariz se chocó contra la clavícula de Dave Currick.

Fue un instante colmado de acontecimientos, ya que desde cierto rincón de su mente también registró que sus manos, que instintivamente había levantado para protegerse, habían descubierto que Dave tenía el pecho aún mejor de lo que recordaba.

—¿Te vas a algún incendio, Matty?

El encontrarse con Dave tenía que ser un presagio, pensó mientras recobraba su equilibrio, enderezándose al mismo tiempo que se alejaba de su pecho y se frotaba la nariz.

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Cuando Taylor Anne Larsen le entregó la terrible noticia legal, encima del caos financiero que Matty ya había descubierto, hubo un momento en el que a ella le faltó el aire y se le revolvió el estómago cuando había temido que no habría una salida.

Taylor había sugerido vender parte del rancho, como si Matty alguna vez fuera a hacerlo. Ella era la última de los Brennans, y no sería la que hiciera trizas del Rancho Flying W.

No era la culpa de la abogada por no entender, había crecido en algún barrio residencial de Ohio. Por supuesto, incluso cierta gente aquí en Knighton, Wyoming no compartía los sentimientos de Matty. Había solamente una persona que ella sabía con certeza que entendería, y ese era Dave… Tan pronto como la idea había aparecido, ella la había evitado como una serpiente de cascabel en el medio de la habitación.

—Siento mucho respecto a la subvención, Matty —había dicho Taylor—. Y me temo que ahora hay más papeles para firmar por la hacienda, también.

Si el tío abuelo Henry hubiera tenido un ápice de juicio, el Rancho Flying W no estaría cargado con impuestos de sucesión desorbitantes, sin mencionar el pagaré bancario que se vence en dos años. Sin embargo el mismo optimismo que lo había persuadido de que no necesitaba precaución para manejar un rancho ganadero, también lo había convencido de que no necesitaba molestarse con la planificación de la hacienda.

Mientras Matty se preparaba para ir al terminar de poner sus firmas, Taylor extendió el brazo con un manojo de papeles con las regulaciones de un programa del gobierno que ofrecía asistencia financiera bajo circunstancias muy específicas. —Estas son las regulaciones de la subvención. Tal vez encuentres algo que te pueda ayudar para el año que viene, si…

Si Matty Brennan todavía era dueña del Flying W.

El pensamiento que su abogada abstuvo de expresar le causó un nudo en el estómago mientras hojeaba los papeles y cruzaba el área vacía de recepción hacia la puerta que daba al exterior.

Ella tenía que encontrar una salida. Cualquiera que fuera. Sea lo que sea.

Fue ahí cuando lo vio… la única escapatoria que podría salvar al Flying W. Sólo necesitaba una cosa…

Un instante después, abrió la puerta de golpe y empezó a cruzar la acera que se extendía junto a la sucesión de oficinas al estilo viejo oeste, solamente para toparse de nariz contra el pecho de David Edward Currick.

Exactamente la persona que necesitaba.

Definitivamente un presagio.

Se sacó las manos que él había apoyado sobre sus hombros para estabilizarla. —¿Incendio? No, no hay ningún incendio. Yo estaba… estaba por ir a buscarte a ti— ella improvisó.

—¿A mí? —Su voz grave sonó con un dejo de asombro poco característico. Generalmente su acento del oeste permanecía lento, sin inmutarse y con un toque de diversión irónica. Él tenía un tipo de voz profunda, ligeramente áspera que a menudo provenía de unas cuantas décadas de haber fumado demasiados cigarrillos y de haber bebido demasiado whisky. Pero ella lo había conocido cuando su voz había cambiado de un soprano infantil a este acento sexi, y ella sabía que era todo el trabajo de la naturaleza.

A veces la madre naturaleza no jugaba limpio.

—Sí. Tengo que hablar contigo.

—Eso sí suena bien, Matty. Pareciera como si hubieras pasado estas últimas semanas evitando hablar conmigo—. Su voz había vuelto a la normalidad, y eso la irritó.

—Eso no es cierto.

—Si mal no recuerdo, la frase que usaste cuando te llamé para invitarte a cenar hace unas semanas atrás fue: “No me llames otra vez a menos que sea para decirme que has muerto”. La lógica fue un poco confusa, pero entendí tu insinuación. No aceptarías citas para cenar.

Ella recordaba la llamada vívidamente. Seis años después de haberse ido, en lo que según ella había jurado sería para siempre, había vuelto tarde a la noche antes del funeral de tío abuelo Henry. Dicho funeral conllevaba un largo día agotador de una serie de condolencias, ceremonias y comida. Al día siguiente, ella había decidido que antes de que hiciera ninguna otra cosa, tenía que saber cómo se encontraba el estado del rancho. Por lo que había afrontado los asuntos de negocios de Henry Brennan, los cuales eran ahora suyos ya que ella era la única heredera del Rancho Flying W.

Se había pasado la mañana entera abriendo notificaciones ya vencidas y avisos urgentes que habían llenado los dos cajones inferiores del escritorio del tío abuelo Henry.

Aún pasmada al enterarse de que ahora estaba completamente sola en el mundo, sin ningún otro pariente vivo, se había quedado casi paralizada por la realidad del desastre que había heredado.

Fue allí cuando el teléfono sonó. Lo contestó automáticamente.

Y allí estaba la voz de Dave. Seguro. Familiar. A quien una vez había amado. Invitándola a cenar como si nada hubiera cambiado en todos los años desde su última cita.

No hubo un “lo siento”, ni un “deberíamos hablar”, ni un “la vida no ha sido la misma sin ti”, ni mucho menos un “me arrastraré sobre cada centímetro de roca, arroyo y nopal desde mi casa hasta la tuya si solamente me sonrieras una vez más”.

Atormentada de desesperación por el Flying W y el desorden de emociones que su voz provocaba, ella había reaccionado agresivamente. Actuó por impulso, ella suponía. Lo cual no tendría que haberle causado ninguna sorpresa, considerando el número de veces que él le había criticado por hacer lo mismo cuando estaban creciendo.

Y entonces nunca más la llamó. Desde entonces, cada vez que sus caminos se cruzaban en la diminuta comunidad de Knighton, él había actuado como si fuera un hermano mayor que se estaba divirtiendo y ella una niña tonta.

—Esto se trata de negocios —ella le informó en ese instante con el último fragmento de dignidad que pudo exhibir—. En cierto modo una… proposición de negocios.

—Bueno, me encantaría hablar de negocios contigo, pero me dirijo a una cita en este momento. Para ver a la Srta. Larsen.

—¿Por qué? —ella exigió, luego se contuvo. A pesar del frío tardío de abril, no tenía puesto una chaqueta… Dave raramente sentía frío tan rápido como la gente normal… por lo que ella podía ver cada detalle de su atuendo. Tenía puesto unos jeans nuevos y una camisa blanca impecable con los puños arremangados. Y llevaba un sombrero negro de vaquero sobre su pelo perfectamente recortado, color marrón como la silla de montar. Era un buen equilibrio entre su atuendo más formal de abogado y sus ropas de rancho. Justo lo que necesitaba para una cita informal. Taylor Anne Larsen era muy atractiva. Soltera y sin compromiso. Inteligente. Y tenían el tema de ser abogados en común. Maldita sea, ¿por qué era tan evidente?

—No es que sea de mi incumbencia —añadió rápidamente.

—No, no lo es.

Ella frunció el ceño ante su tranquila aceptación.

Tres años mayor que ella, Dave había sido su modelo a seguir durante toda su niñez… aprender a leer como Dave, a montar como Dave, a enlazar como Dave, a sacar buenas notas como Dave. Constantemente tratando de alcanzarlo, y casi nunca lográndolo.

Él había sido el primero en besarla, por supuesto. El primero en tenerla en sus brazos. El primero en hacer que su sangre pareciera estar derritiéndose. El primero en hacerle el amor.

Y el único en romperle el corazón.

Ahora, por supuesto, podía ver lo jóvenes que habían sido en ese entonces, con él todavía en la facultad de derecho y ella todavía en la universidad. Pero en ese momento cuando él terminó su romance había sido una tragedia muy dolorosa, desgarradora.

Ella se había ido con la promesa de hacer que se arrepintiera. De hacerle lamentar el día en que había dejado que la deslumbrante Matty Brennan se fuera.

Ella había sido poco clara en cuanto a cómo exactamente iba a deslumbrarlo. Pero sin importar en qué área… como bailarina, actriz, genio en finanzas, genio literario, o casada con alguien de la realeza… lo deslumbraría, siempre y cuando se deslumbrara al menos por un pelo en comparación con su vida de “Wyoming es suficiente para mí”.

No ayudaba el hecho de que él había continuado su vida para obtener el título de derecho con facilidad, pasar el examen del Colegio de Abogados en su primer intento, y luego dedicarse con éxito a ejercer como abogado. Y ya que sus padres se jubilaron para darse el gusto de hacer viajes aventureros unos años atrás, había combinado su trabajo con la dirección exitosa de la hacienda de su familia.

Él estaba viviendo exactamente la vida que siempre había querido, la vida que ella una vez había soñado en compartir con él. Y lo estaba haciendo justo al lado del Flying W… el cual ella perdería si no podía lograr su cometido.

Eso era lo que importaba, se recordó.

—Lo que pasa es que mi negocio es importante— dijo ella con firmeza—. Muy importante.

—Podría ir a verte mañana…

—¡No! —¿En veinticuatro horas? De ninguna manera. Si pensaba demasiado sobre esto… si pensaba en lo más mínimo… se acobardaría. O recobraría su orgullo—. Es… bueno, es de real importancia para mí. Es urgente.

—¿Urgente? —Ahora él estaba frunciendo el ceño—. ¿Estás bien, Matty? ¿Pasa algo malo?

—No. Quiero decir, sí, pero no como tú lo crees.

Ella respiró hondo y miró a su alrededor. Una pareja joven estaba subiendo las escaleras en un extremo de la acera, probablemente dirigiéndose hacia la oficina de bienes raíces al lado de la oficina de Taylor. Matty tomó a Dave del puño arremangado de su camisa y lo llevó hacia el extremo contrario, donde podrían tener más privacidad.

—¿Qué pasa, Matty? Me estás preocupando. ¿Se trata de ese tal Cal Ruskoff que tienes trabajando para ti?

Ella miró fijamente hacia arriba a sus ojos pardos, el ceño fruncido.  —¿Cal? No. ¿Por qué se te ocurriría eso? Él es de lo mejor. Trabaja como cinco hombres y nunca se queja.

Dave no cambió su ceño fruncido, pero cedió un poco la tensión de sus anchos hombros. —Entonces, ¿qué ocurre?

—Dame un segundo por favor —dijo ella irritada.

Pensó en la manera de decir esto, en la manera de hacerlo más agradable, y no pudo. Era como irse a nadar en el río en un día de primavera cuando eran niños. No había manera de meterse poco a poco, centímetro a centímetro. La única manera de hacerlo era zambullirse de una vez.

Ella respiró hondo y dio el salto.

—Quiero casarme contigo.

Por un segundo, casi podía creer que había saltado en realidad al río. Sintió el mismo choque de frío envolverla y la misma sensación de que todo sonido en el mundo estaba amortiguado y distante. Lo único que podía escuchar con claridad era los latidos de su propio corazón.

Entonces una única palabra de Dave la trajo al presente.

—¿Cómo?

Él no se había movido un centímetro y su expresión no había cambiado. Sonó como si estuviera seguro… como sólo Dave podía estar seguro… de que había escuchado mal.

Por supuesto se lo iba a hacer repetir. Dave nunca le había hecho nada fácil para ella. No desde que le había dicho, en ese entonces cuando ella sólo tenía cinco años, que si no podía mantenerse a su ritmo, debería irse y jugar con muñecas.

—Quiero casarme contigo. De hecho, tengo que casarme contigo.

Él pareció salir de un trance. Empujó su sombrero de vaquero hacia atrás, y se recostó contra el poste que sostenía el techo sobre la acera, cruzando una pierna sobre la otra con aire de despreocupación total.

—¿Tienes que hacerlo? ¿Estás segura de que soy yo en quien estás pensando? —El tono divertido había vuelto a su voz. Al menos ella pensó que era un tono divertido. Tenía cierto nerviosismo y la mirada que le estaba dando no le parecía demostrar un asunto divertido, pero tal vez es así como él demostraba diversión en estos días. Después de todo, no había estado cerca de él durante años—. Querida, ya sea que me perdí de algo en las últimas semanas que de verdad odiaría pensar en habérmelo perdido o estás preparada para hacer historia médica. A menos que haya otra persona más, digamos, ¿reciente?

—No seas idiota, Dave. No estoy embarazada.

—Eso es un alivio. Odiaría saber que eres el tema favorito de todos esos periódicos sensacionalistas por tener un hijo después de seis años del acto. En cuanto al período de tiempo más normal, bueno, a un caballero no le gusta pensar que se ha olvidado de cosas por el estilo. Y si otra persona…

—Ah, cállate, Dave. No se trata de nada de eso.

—Nada que ver con, eh, digamos, ¿con un asunto del corazón?

—¿Por qué tendría que tratarse de un asunto del corazón?

—Bueno —dijo arrastrando las palabras—, el matrimonio a veces tiene que ver con eso.

—No esta vez. Te lo dije, es estrictamente de negocios.

—¿Negocios? —preguntó cortésmente—. Lo siento. No entiendo esto. Llámame estúpido, pero yo asocio el matrimonio con romance, no con negocios.

—Sí, claro. Has tenido suficientes idilios como para hacer a un galán verse como Barney Fife, y nunca he escuchado nada respecto a tu casamiento.

—Has estado prestando atención a mi vida social, ¿verdad?

—Es como el viento en esta zona… es solamente llamativo cuando no se siente su presencia.

—Matty, si es así como pides a los hombres que se casen contigo, puedo ver por qué todavía estás soltera. Pensé que te había enseñado mejor que eso.

Tú me enseñaste… por qué…

Ella se tragó sus palabras con el mayor de los esfuerzos. Él la había irritado desde el principio. Aun cuando había pensado que estaba enamorada de él, había sido capaz de provocarla con el simple chasqueo de sus dedos. Pero no más. Y con certeza, no ahora. No podía darse el lujo. El Flying W no podía darse el lujo.

—Esto está fuera de lugar —dijo apenas apretando los dientes; se sentía orgullosa por ello.

—¿Y cuál es el punto, Matty? —Su boca se retorció.

—El punto —dedujo que no la podían culpar si ahora apretaba los dientes un poco—… es que quiero que nos casemos. Inmediatamente. Pero sólo temporariamente.

—¿Temporalmente?

—Por supuesto, temporariamente —Ella estaba ofendida—. No creíste que te pediría que nos casáramos para siempre, ¿no?

—No fue mi intención ser irrespetuoso. Pero ya que nunca me han propuesto matrimonio antes, al menos no tú… —Ella lo fulminó con la mirada. Debido a su fingido tono de voz modesto; no, definitivamente no, debido a su insinuación de que otras mujeres le podrían haber propuesto matrimonio—. Quiero mantener todo esto en claro. En orden. Ya que se trata de negocios. ¿No es eso lo que dijiste?

—Eso es lo que dije. Nos casaríamos, luego, después de un tiempo, nos divorciaríamos. Sin oposición. Así de simple.

Él levantó una ceja. —No estoy seguro de alguna vez haber escuchado de un divorcio sin oposición, mucho menos de uno simple.

—Eso es porque todos esos otros divorcios eran entre personas que estaban casadas.

—Me has pillado, Matty. Eso es un hecho.

—Oh, basta con la actuación de Gary Cooper, Currick. Tú sabes a lo que me refiero. Estaríamos fingiendo que estamos casados. Quiero decir, nos casaríamos, pero no estaríamos casados. No —Ella le dio una mirada amenazadora para asegurarse de que haya entendido—…no haríamos las cosas que las parejas casadas hacen. Por lo que el divorcio no sería un problema.

Él se frotó el mentón. Dios, se había pasado de Gary Cooper a Gabby Hayes. Si decía una cosa más, le pegaría con el cinto.

—Ajá. Bueno, entonces nos casamos… sin estar realmente casados… y luego nos divorciamos. ¿Lo entendí?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Cuánto tiempo qué?

—¿Antes de que nos divorciemos?

Ella no había pensado en eso todavía. Si el Flying W no obtuviera la subvención este año o si la subvención de un año no es lo suficiente para sacarlo de los problemas, ella tendría que volver a empezar. Mejor era darse un margen.

—Cinco años.

Él se levantó del poste de un salto como si se hubiera prendido fuego. —¡Cinco años!

Ella se cruzó de brazos y separó las piernas. —Cinco años no es una cadena perpetua, sabes. No es como que tuviéramos que estar juntos todo el tiempo. Sólo fingiríamos que estamos casados.

Él volvió a recostarse contra el poste. —¿Entonces estaría bien si te soy infiel?

—¡No! —Ella borraría eso si pudiera, especialmente cuando se mostró vanidoso—. Tenemos que guardar las apariencias. Eso es parte del trato.

—Matty, corazón, sé razonable. A menos que reconsideres tu posición respecto a los derechos conyugales…

—¡No!

—Y tú no quieres que yo te persiga, cinco años está definitivamente fuera de discusión.

Ella cedió con gracia. —Cuatro años entonces.

—Seis meses.

—De ninguna manera. Tres años.

—Un año.

—Dos años.

—Dieciocho meses.

Ella pensó con rapidez. Simplemente tendría que obtener la subvención este año. Sin dudas podría arreglar la situación del Flying W con el monto de dos años de subvenciones. Y el papeleo para un divorcio llevaría tiempo, entonces con un poco de suerte… —Veintidós meses antes de que iniciemos los trámites de divorcio.

—Hecho.

Él extendió su mano. Ella puso la suya en la de él. Su mano grande cubrió la de ella, los callos frotando levemente la suave piel del dorso de su mano y la firmeza de sus dedos presionando contra los de ella. Y yo que pensé que un abogado tendría piel suave y firme solamente en los músculos que usa para endorsar cheques.

—Entonces en veintidós meses desde ahora nos divorciamos. ¿Cuándo nos casamos?

Todavía sosteniéndola de la mano, se recostó contra el poste, desequilibrándola de manera tal que tuvo que tomar un paso hacia él para evitar de caerse. Ella liberó su mano de un tirón.

—Tan pronto como podamos—. El plazo para la solicitud de la subvención de este año era en tres semanas y media.

Durante un largo rato, él fijó su mirada en ella desde la sombra que su sombrero le ofrecía… podía ver mucho mejor que ella desde su postura. —Bueno —dijo él finalmente.

Matty respiró tranquila, pero un instante después se dio cuenta de que se había relajado demasiado pronto.

—Ahora, ¿qué hay para mí en este trato?

—¿Tú? —dijo ella sin pensar.

—Es lo justo, Matty. Obviamente tú obtendrás algo de esto. Yo debería, también. Es lo que hace a los mejores tratos de negocios. Ambos ganamos. Por lo que me gustaría ganar algo también.

Ella no podía discutir con eso. Era lo justo. Sin duda era también mortificante.  —No puedo pagarte nada. —Su firme dignidad se derrumbó con sus próximas palabras—. Y tú ya tienes suficiente dinero, así que no sé por qué querrías más de mí.

—No es dinero lo que quiero de ti.

—¿Entonces qué? Tienes tu trabajo de abogado y el rancho Slash-C está en buen estado y has remodelado la casa… entonces, ¿qué podrías querer de mí?

La pregunta se mantuvo en el aire entre ellos durante un momento, luego dio la vuelta y la abofeteó en la cara, haciendo arder sus mejillas de calor. Lo que Dave había querido una vez era su corazón y su cuerpo y su alma. Los cuales ella había estado más que dispuesta a darle. Y luego él se los había devuelto otra vez.

—Tranquilidad y algo para esperar con anticipación.

Aun resintiendo sus propios pensamientos, ella habló bruscamente: —¿Qué se supone que signifique eso?

—Bueno, tranquilidad significa que quiero saber qué te propones. ¿Por qué querrías de repente casarte?

Ella desvió la vista, mordiendo la parte interior de su mejilla entre sus dientes de atrás. —No puedo decirte. No hasta que estemos casados.

Él cerró sus ojos como si tuviera dolor. —¿Es porque no puedo testificar contra ti si estamos casados?

—No había pensado en eso, pero eso es verdad, también.

—Matty, por amor de Dios… soy un abogado, un oficial de la corte, no puedo…

—¡Ya lo sé! Por eso no quiero contarte. No quiero molestar tu conciencia.

—Gracias por tu consideración, pero…

—No necesitas ponerte sarcástico, Currick. No es nada espantoso. Se trata de un detalle menor. De verdad. —Ella levantó la vista para mirar su rostro, dejando en evidencia su dolor por la falta de fe en ella. Cuánto de ello era real, no quería saber en realidad—. No te pediría que hicieras algo que estuviera mal.

La tensión de sus hombros se relajó. Él le creía, y el saberlo casi la incitó a decir otra cosa más… probablemente algo estúpido.  Pero cuando él abrió su boca y ese leve tono de burla salió, el peligro de confiar en él había desaparecido en un pestañeo.

—Entonces, ¿puedes asegurarme que este asunto nunca estaría a cargo de, digamos, la FBI, la CIA, o la Oficina de Investigación de Wyoming?

—Por supuesto que no. Me conoces bien.

Él levantó sus manos como señal de tranquilizarla. —Está bien. Está bien. Puedo ver que eso es lo mejor que conseguiré en lo que a tranquilidad respecta de tu parte. Pero al menos dame algo para esperar con anticipación.

—¿Cómo qué? —Sospecha acompañaba su pregunta y la llevó a entrecerrar sus ojos.

Para fastidiarla, sus ojos se iluminaron… él lo estaba disfrutando. —Déjame pensar… —Fijó su mirada hacia donde los picos nevados se encuentran con el cielo azul—. Ya lo tengo. Cruzaremos Brandeis con esa yegua de Gate que Henry se apoderó hace un tiempo atrás durante los tres años próximos y yo me quedo con los potrillos.

—¿Qué? De ninguna manera. No dejaré que Juno se quede preñada por Brandeis tres años seguidos, y de seguro no te daré tres de sus potrillos. Los cruzaremos una vez, y si hay un potrillo, lo echaremos a la suerte.

—Los cruzaremos hasta que haya un potrillo que yo quiera.

—Los cruzaremos hasta que haya un potrillo vivo, y será tuyo.

—Hecho.

Él extendió su mano nuevamente. Después de un instante de duda, ella la tomó, la estrechó con firmeza y la soltó antes de que sus dedos largos pudieran siquiera rodear los de ella.

—Yo me encargaré de averiguar lo que tenemos que hacer para obtener la licencia y todo eso…

—Es costumbre que el hombre se encargue de eso. Además —él continuó mientras ella se preparaba para protestar—, yo lo puedo hacer cuando esté en la corte del condado por negocios y ahorrarte un viaje a Jefferson.

Ella tenía mejores cosas que hacer que deambular hasta la capital del condado. Como estaban las cosas, ella tendría que estar de vuelta aquí en Knighton para hacer el cambio de domicilio tan pronto como sea posible. —Bueno, siempre y cuando lo hagas lo antes posible. No quiero ningún retraso.

—Nos casaremos tan pronto como pueda prepararlo.

—Estamos de acuerdo. Espero tener noticias tuyas pronto.

—¿No te estás olvidando de algo? ¿Y qué pasará con el resto de los arreglos de la boda?

—¿Bod… eh, arreglos? —Extraño como ella había hablado de casarse tan calmadamente, pero su lengua se había atascado en la palabra “boda”—. Yo pensé… eh, yo pensé que nos casaríamos delante de cualquier juez que podamos encontrar.

En realidad, no había pensado en ello para nada, pero sonaba bien ahora.

—Eso podría causar preguntas, ya que ambos venimos de familias tan antiguas de Knighton. Y supongo que preguntas sobre este matrimonio desde el principio es algo que no quieres, ¿verdad? Ahora la iglesia…

—No. Sin iglesia. Yo, eh, no puedo perder el tiempo con una extravagante bod… eh, con iglesia y todo.

—No, supongo que no. Sólo parece una lástima exponernos a preguntas…

—Entonces, tú encárgate de los arreglos. —Tan pronto como lo dijo, sintió una certeza ominosa de que esas eran exactamente las palabras que él había estado esperando.

—Bueno. Lo haré.

Ay, diablos, ella tenía cosas más importantes de qué preocuparse que lo que Dave Currick tuviera en mente. —Está bien. Sin iglesia, y nada extravagante, ¿entiendes?

—Nada extravagante —accedió.

 

* * * *

Loco.

Él siempre había estado de esa manera respecto a Matilda Jeanette Brennan, y pareciera como si siempre lo estaría.

Todo empezó la época en que dio sus primeros pasos detrás de él declarando, “¡yo pesco, también!”, y a través de los años en los que ella fue su mejor compañero de peleas. Luego llegó el momento asombroso de reconocimiento que, no solamente había algo entre esta relación de chico y chica, sino que la chica era Matty, de entre todas las personas. Y dentro de ese período demasiado corto, él pensó que hacer una vida con ella sería inevitable.

Sentado en su porche, Dave Currick se hamacó sobre las patas traseras de la silla de madera desgastada. Tenía el equilibrio justo para esta maniobra y puso su pie con bota sobre la barandilla mientras contemplaba la luna en cuarto creciente.

Entonces, ¿qué diablos se traía entre manos?

Ella estaba en problemas, eso era seguro. Sólo le agradecía a Dios que se hubiera dirigido a él. Una calidez se deslizó en su interior el saber que ella había contado con él. Una calidez que había estado faltando en su vida durante un largo tiempo. Seis años.

Si le hubieran preguntado veinticuatro horas atrás a quién pensaba que Matty pediría ayuda si tuviera problemas, hubiera dicho Cal Ruskoff, esa persona que inesperadamente Henry Brennan había contratado para ayudarlos unos años atrás. Había odiado el sabor de las palabras en su boca y había odiado la verdad de ellas aún más, pero las había dicho.

Las pocas veces que había visto a Matty y Ruskoff juntos, en el funeral de Henry o en algún mandado por el pueblo unas semanas atrás, había visto la facilidad con la que ella trataba a Ruskoff, como si estuviera cómoda con él, a gusto, como que confiaba en él. Como si fuera un hombre a quien se dirigiría si estuviera en problemas. Era justo lo contrario a la frialdad que le había demostrado a Dave.

Aun así, ella había contado con él.

Ella lo necesitaba a él. Dios, se sentía bien el saberlo.

Cuando al principio había dicho que tenía que casarse, el temor había hecho que su estómago se hiciera nudos tan tensos que no pensó que podía hablar. Pero claramente cuando ella había estado tan enfurecida que él pudiera pensar que estaba embarazada, y aún más claro como el agua cuando le dio a entender que Ruskoff u otra persona podrían haber roto su corazón, que el nudo en su estómago se había rápidamente deshecho.

Solía haber un tiempo en que podría haberle preguntado a Matty directamente cuál era el problema. Diablos, él lo hubiera sabido sin que ella lo dijera. Ahora, lo único que podía hacer era adivinar que tenía que ver algo con el Flying W.

Bajo la dirección del abuelo de Matty, la hacienda era buena hectárea por hectárea al igual que cualquier otra.

Después de la muerte del abuelo Jules había empezado a descuidarse, aunque la abuela de Matty había hecho lo mejor que pudo para cuidar a su cuñado, Henry Brennan. Pero la abuela había muerto casi cuatro años atrás. Estando solo, Henry nunca había mantenido el rancho en buen estado, y había habido rumores de que el anciano lo había llevado en ruinas durante el último año de su vida. Dave había intentado verificar la situación a través de sus contactos, sin suerte. Había ido dos veces… y ambas veces Henry Brennan lo recibió con la escopeta y comentarios cortantes sobre el hecho de que Dave Currick no era bienvenido en las tierras de los Brennan.

Sabía que el tío abuelo de Matty debe haber dejado un embrollo legal… uno que había esperado que le pediría a él que la ayudara. Sin embargo, ella inmediatamente le había pedido ayuda a la recién llegada Taylor Anne Larsen. Otra lección para que no tuviera esperanza.

Pero el increíble encuentro con Matty de esta tarde lo había cambiado todo.

Tal vez había esperanza después de todo. No de casarse de verdad. No, ella se retractaría de esta idea loca muy pronto. Él la había visto precipitarse a hacer cosas demasiadas veces para no saber que ésta había sido una de sus clásicas decisiones llevadas por el impulso.

Pero aún si ella llamaba a la mañana y le decía que se olvidara de todo, le daba una entrada de vuelta a su vida. Y eso le daba esperanza.

Esperanza después de todos esos años, meses, días… y especialmente noches… de convencerse a sí mismo de que no había esperanza.

COLLAPSE

Críticas de lectores para las historias de Flores silvestres de Patricia McLinn:

¡Cada una fue totalmente diferente, los personajes fueron únicos y totalmente creíbles! ¡Disfrútenlos!

Historia emocionante y conmovedora.

“Si les encanta reír, les encanta llorar; o les encanta reír y llorar al mismo tiempo, entonces definitivamente querrán leer Casi una novia”.

“Estupenda, tenaz e irresistible”.

“…Tan entretenido que no pude dejar de leer hasta que lo terminé”.

“¡Excelente libro! Lo leí sin detenerme en un día. ¡Se lo recomiendo a todos!

“¡Placentero!”

“Totalmente entretenido y apasionante. Me ha encantado cada uno y siento como si conociera personalmente a los personajes. Estoy ansiosa de leer la próxima publicación”.

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